El origen de los rosales y las rosas – ¿De donde vienen las rosas?

El origen e historia de la rosa se pierde en la noche de los tiempos, pero se supone que es originaria de China, (Donde se conoce desde hace cinco mil años) y de la India. Desde allí, alcanzó Persia y Egipto, cuya reina Hatseput apreciaba mucho las rosas. Más tarde, desde Arabia, los jardineros andalusíes la habrían introducido en Europa occidental. En aquella época, era habitual traerse de los países visitados esquejes o semillas de las plantas interesantes. Era una tradición entre los árabes, que entre los siglos X y XV habían creado, en Andalucía, jardines y huertos, verdaderas obras de arte, donde aclimataban plantas ornamentales y alimenticias, traídas de las regiones conquistadas durante su expansión emprendida a partir del 622 DC en dirección Oeste. Sin duda, la rosa existía mucho antes en el conjunto de la cuenca mediterránea. Se encuentran rosas en todo el hemisferio norte. Los rosales silvestres están especialmente difundidos en los setos naturales. Son, entre otros: El escaramujo (Rosas de 5 pétalos) y Rosa canina… (Entre 30 especies en Europa). Francia cuenta con un total de 32 especies silvestres, y en particular algunos de los principales antepasados de los rosales cultivados (Entre los que se encuentran la Rosa sempervirens, la Rosa Gálica, la Rosa majalis y el rosal de follaje decorativo, la Rosa glauca (Rosa rubrifolia). En el Siglo VI, AC, el rey Midas, exiliado en Macedonia, tuvo la precaución de llevarse sus rosales llamados de las Cuatro Estaciones (Rosa damascena bífera), para instalarlos en su nuevo jardín. El naturalista griego, Teofrasto, aproximádamente en el año 300, AC, ensalza ya, los encantos de nuestro escaramujo (Rosa canina). En Inglaterra, 14 especies se consideran indígenas, sin contar la Rosa rugosa, a menudo implantada en las dunas de la orilla del mar. América del Norte, sólo cuenta con 25 especies indígenas, entre ellas las Hesperhodos, un grupo de plantas semidesérticas que se encuentra en los estados de Arizona, California y Nuevo México. Otras especies se distribuyen en los grupos Cinnamomaea (Rosa californica) y Carolinae (Rosa carolina y Rosa virginiana). Se encuentran rosales en estado silvestre en Yemen, la India y Tailandia, así como una gran variedad en el oeste de China. De allí procede por ejemplo la Rosa sinensis muy apreciada por los griegos y los romanos, que la utilizaban en abundancia en las fiestas y festines. Según la mitología romana:«El primer rosal, surgió el día en que Venus nació de la espuma de las olas» Ovidio cuenta que: «La rosa, brotó de la sangre de Adonis herido» No es de extrañar que la rosa en Roma estuviese estrechamente vinculada a los cultos de Venus y Baco, al lujo e incluso al desenfreno. Esto sólo podía disgustar a la Iglesia naciente, que la había prohibido en las ceremonias. Qué latinista en ciernes no ha balbuceado eso de: Tras el derrumbamiento de Roma, fue en los jardines de los monasterios donde se conservó la rosa en Europa, probablemente debido a las virtudes medicinales que le atribuían los médicos de la Antigüedad, en particular Dioscórides, cuyo De Materiae Medica fue abundantemente copiado y aplicado por los monjes, que constituyeron los primeros médicos europeos. Cultivaban las «simples», nombre dado a las plantas medicinales (El jardín Ninfa en Italia presenta aún colecciones de ellas). De forma progresiva, las rosas se empezaron a utilizar con fines medicinales, cosméticos y aromáticos. La escasez de las flores en aquella época y su uso esencialmente utilitario, no les impedían ser contempladas y admiradas por los poetas, mucho antes de serlo por los pintores. En el Renacimiento, el Agua de rosas había alcanzado un uso tan corriente que, según dicen, sirvió para bautizar a Pierre de Ronsard. Con la Edad Media, la rosa se había cargado de un contenido simbólico, e incluso esotérico, con la Rosacruz. El Romance de la Rosa, del siglo XIII, fue sin duda alguna, la obra más leída de la literatura medieval, y cuenta con numerosas variantes y reediciones. Era una especie de búsqueda de la rosa, símbolo de la mujer ideal, llevada a cabo a través de terribles pruebas. El sufismo, por su parte, veía en la rosa un símbolo de expansión. El poeta Schraverdi puso a todo el mundo de acuerdo en una obra que constituye una síntesis del Corán, la filosofía de Aristóteles y la gnosis cristiana: Los secretos de la rosa. De forma más sencilla, nuestra rosa, se había convertido en el símbolo de la belleza, la pureza (Muy asociada desde entonces al culto mariano) y de la brevedad de la juventud. Pierre de Ronsard escribe: «Preciosa, vamos a ver si la rosa que esta mañana había abierto su vestido de púrpura al sol no ha perdido esta tarde los pliegues de su vestido purpúreo y su color igual al vuestro. Y corteja así a las mujeres: Vivid, si me dais crédito, no esperéis a mañana, coged ya hoy las rosas de la vida. Malherbe consuela a su amigo Dupérier de la muerte de su hija: Mas ella era del mundo en que las más bellas cosas tienen el peor destino. Y rosa, ha vivido lo que viven las rosas, el espacio de una mañana» Pero la rosa no era sólo belleza, placer del espíritu y de los sentidos. También era buena para el cuerpo humano. En la Edad Media, la Esencia de rosas, el Agua de rosas y toda mezcla a base de rosas se consideraban un remedio universal. Se atribuía verdadera eficacia contra la tuberculosis a una conserva de rosas inventada por los médicos árabes. El Djelendjoubin, que Avicena consideraba específico de la tisis, y que siguió teniendo éxito entre los médicos hasta el Siglo XIX, pues el Dr. Roques la recomendaba todavía. El valor tónico de este remedio lo hacía útil para las personas fatigadas y debilitadas. La rosa, tónica y astringente, se recomendaba, asi mismo, en numerosos males y tenía tanta fama que los médicos militares de los ejércitos de Napoleón acudían en persona a Provins para abastecerse de pétalos secos y preparados. La Esencia de rosas contiene una sustancia de gran poder anestésico, que explica la utilización del Agua destilada de rosas como colirio para calmar el dolor y la inflamación. Además, su valor antiséptico es considerable. Diversos estudios han demostrado que una maceración acuosa de estas rosas, estaba dotada de potentes propiedades antibióticas contra enemigos tan temibles como el Estafilococo y el Colibacilo. Hoy en día forma parte de numerosos preparados farmacéuticos y aromáticos: colirios, pomada rosada, agua destilada de rosas, vinagre de rosas, jabón, etc… Perfuma innumerables productos de uso habitual y ocupa un lugar importante en toda la repostería oriental. A partir de los siglos XVII y XVIII, los holandeses, y también los franceses, empezaron a multiplicar las rosas y a venderlas por toda Europa. En 1790, en Francia, François (Jardinero del rey), publicaba un catálogo que abarcaba un total de 83 rosas botánicas (Rosales antiguos) y 112 variedades hortícolas. Efectivamente, fue durante el primer Imperio, cuando el cultivo de las rosas tuvo su verdadero auge. La emperatriz Josefina, en la Malmaison, tuvo mucho que ver en ello. Rodeada de científicos (Entre ellos botánicos de fama) y jardineros, adornaba sus arriates con múltiples rosales. Jacques Louis Descemet fue el gran creador de la época. Su padre suministraba ya a los boticarios, Rosas de Provins y Escaramujos, astringentes, así como Rosas pálidas y Rosas de almizcle (Purgantes). De las colecciones de Descemet, diezmadas por la ocupación de las tropas de coalición y de los ingleses a partir de 1815, queda poco. Se observan aún unos Rosales Centifolia, Rosales Alba y Rosales Gálica (Rosa de Provins). Arruinado por estos acontecimientos, acabó su carrera de experto horticultor en Odessa, Rusia. Los rosales antiguos, importados de Extremo Oriente, son de forma arbustiva. El final del Siglo XVIII y el Siglo XIX son los del perfeccionamiento de las plantas ornamentales, que se conocen hoy en día, de porte más modesto, pero vigoroso. Gracias a la selección y a la hibridación se encuentran rosales en miniatura, trepadores, de tallo alto, tipo Floribunda, arbustivos, tapizantes, etc. Se considera que la mitad del Siglo XIX marca un hito entre las rosas antiguas y las rosas modernas. A esta época corresponde la creación y vulgarización de las primeras Rosas «nobles». Un rasgo particular de la historia de las rosas, aparece en Las festividades de la Rosa del valle marroquí del Dadés, donde el cultivo de la Rosa damascena adquirió, a partir del siglo pasado, un auge considerable. Su floración, en mayo, es una maravilla que termina con grandes festejos: «El Moussem de la rosa» El valle del Dadés, ya célebre por el áspero esplendor de sus gargantas, ofrece, en primavera, un extraordinario placer visual y olfativo: la rosa. Nacido de los deshielos glaciares del Alto Atlas, el río Dadés, ha tallado profundamente su camino a través de las rocas color ocre, hasta Boumalen, donde fatigado, pero siempre hinchado en esta época del año, frena su carrera en meandros, desviándose según su caudal, dejando crecientes de tierra limosa y fértil que los habitantes de las casbahs cultivan sin perder una pulgada, además de extender sus jardines por todo el valle del M’Goun gracias a una multitud de pequeños canales de riego: las saguias. En estos huertos, brotan los cereales y las verduras que aseguran su subsistencia. En el pueblo de El Kelaa des Mgouna, están rodeados de unos setos espinosos muy particulares. Los habitantes han decidido plantar rosales de la especie más apreciada, que complace y prospera hasta 1.500 m de altitud. Esta rosa, la Rosa damascena, habría sido traída de Damasco por los peregrinos. Con el Atlas aún nevado, como trasfondo, el paisaje ocre, bajo el cielo azul y el verde vivo de los cultivos, están salpicados por 3.000 km2 de setos cubiertos de miles de luminosas flores. En 1938, se creó allí la primera destilería situada en la carretera de Boubiano. La cosecha comienza al amanecer, cuando las flores están húmedas de rocío. De ella se encargan las mujeres y las chicas más jóvenes. Con un gesto rápido, agarran la rama y cortan limpiamente las flores, que ponen en sus pañuelos atados a la cintura, sin apretarlas para no ahogarlas. Cuando tienen los pañuelos llenos, los vacían en grandes sacos de yute que los hombres recogen y llevan a la destilería. Incansablemente, cosechan hasta que el Sol en su cenit y el calor sofocante, las detienen un poco antes del mediodía, pues las flores podrían deshidratarse y estropearse. Reanudarán su trabajo al día siguiente. La cosecha dura todo el mes de Mayo y produce unas 20 toneladas al día a razón de algo más de 1 kg por metro cuadrado de seto, cuando el tiempo lo ha permitido. Una vez pesados y pagados, los sacos derraman su olorosa cosecha en una amplia y sombreada zona de hormigón. Se separan las flores de las hojas y a continuación los hombres ventilan la pila de ligeros pétalos levantándolos con la ayuda de unas horcas. Se cuentan 3 toneladas de pétalos frescos para obtener un litro de aceite esencial, y una tonelada para 3 kg de «Concreto» (Extraída con cera y preparada con un disolvente) que se usará en la perfumería local en jabones y leches de belleza. El resto se enviará hacia Grasse. La destilación se lleva a cabo en grandes cubas modernas, en la destilería local, que recuerda una casbah igual a las demás construcciones de adobe del país (Con sus torres almenadas). Permanece abierta durante la destilación y todo el mundo puede ir a ver cómo se trabaja y embriagarse con ese perfume que lo impregna todo. Una vez acabada la cosecha, comienza la mayor fiesta del año para El Kelaa des Mgouna, la capital de la rosa. Fiesta que es ocasión de un vasto zoco donde se apiña toda la población de los alrededores que, también ha acudido a hacer sus compras, reunirse, parlotear y también exhibirse. Las mujeres llevan joyas y vestidos tradicionales de suntuosos colores que siguen constituyendo una de las riquezas étnicas del Alto Atlas. Allí se suceden unas fiestas comerciales animadas con manifestaciones folclóricas. El romántico poema de Marcelline Desbordes-Valmore, titulado «Las rosas de Saadi», describe a la perfección este cuadro: He querido esta mañana traerte unas rosas pero había cogido tantas en mis ceñidores cerrados que los nudos demasiado apretados no han podido contenerlas. Los nudos han estallado. Las rosas volando al viento, al mar se han marchado todas. Han seguido el agua para no volver jamás. La ola ha aparecido roja y como inflamada, esta noche mi vestido todavía huele, respira en mí el aromático recuerdo.